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Llegamos a la playa, con algo de alivio y un poco de terror. Llevábamos toallas, comida, un cooler, refrescos, cambios de ropa, pañales, sillas que se doblan, libros, tanning lotion, y dos niñas pequeñas. ¿En qué estábamos pensando? Al dar el primer pisón en la arena, caímos en una realidad mas distinctiva. Llevábamos mucho peso y era mucho camino que correr para llegar a nuestra destinación. El sol ya no parecía tan encantador y el clima nos pareció algo tibio y desagradable. Ambas reconocimos el trabajo que habíamos embarcado al decidir disfrutar un día en la playa juntas. Ni modo.

Recuerdo que nos fuimos las tres al mismo tiempo, para marcar territorio. Dimos los primeros pasos y poco a poco nos empezábamos a cansar, un leve peso de irritación. Seguimos marchando. Tu camisón blanco flotaba con toda la libertad de la brisa. Las niñas, tadavía un poco aturdidas por el abrazo tosco y los pasos desnivelados, no demostraban sonrisa. La arena tragaba cada paso que dabamos.

Al llegar todo eso desapareció. Un gran alivio entró en nuestros cuerpos, ¡en fin! Y acomodamos las toallas de diferentes colores. Había comprado toallas de playa para esa ocación. En eso que nos acomodábamos, pasó un señor vendiendo sombrillas. No la pensamos dos veces. Hoy era para pasarsela bien.  Le compramos una.

Las niñas empezaron a ambientarse. Acariciaban la arena, reclamaban que se llenara sus cubetitas, y disfrutaban vaciándolas. Creo que se divertían con el sólo hecho de que nosotras las complacíamos cada minuto, dando viajes al agua para llenar sus dichosas cubetitas.

Recuerdo haber sentido un gran alivio. El sol empezó a seducirme con su calor. Me sentía embriagada de tanto exceso. Me unté sun block sobre todo mi cuerpo. Me atreví a acariciarme mientras me lo dispersaba. Mis piernas brillosas de tanto aceite empezaron a atraer la arena de las niñas. Y ni eso me molestó. Me acosté en mi espalda, dejando que el sol tocara mi estomago, piernas, brazos como quisiera. Pero le prohibí mi rostro. Empezé a leer y mi libro le daba la espalda.

Me detuve un poco. Sentía que de algo me estaba perdiendo, las niñas. Me acerqué a ellas y empezaron con sus sinfin de órdenes de agua para sus cubetitas amarillas. Obedecí. Me pagaban cada vez más con sus sonrisas y risas.  Me di cuenta que estaban dedicadas a una misión imposible. Trataban de llenar el poso que les había creado con agua. Se quedaban mirando, confundidas, a la desapareción del agua. ¿A dónde se iba? Cuando comprendí esto, abandoné mi puesto. Encontré las manitas pequeñas y las escondí en las mías. “Vamonos”. Sus caritas cambiáron repentinamente. Al ver sus reacciones, les expliqué que nos acercaríamos al gran mar. Ahora comprendo sus caritas de horror. Pensaban que el mar las tragaría por seguro. Abrazé a las dos, las sostuve en mis brazos mientras llegabamos a la orilla de la agua. En cuanto el agua les sapilcó, sus cuerpecitos se empezaban a retorcer en mis brazos, pánico. Les traté de explicar que estaban bien, nada les pasaría. Pero no me creían. Me di por vencida.

Regresamos a las toallas, con su mamá. Ellas regresaron a su puesto de llenar el poso con agua salada. Pero poco a poco empezaron a comprender que era el misma agua que las había aterrado. La arena ya había cubierto sus piernitas. Ellas, con sus manitas peleaban a la arena, les gritaban que se retirase. Pero no. La arena sanguijuela y muda empezaba a contaminar sus manitas que usaban para atacarla. Su incomodidad resultó en el final. Ya era tiempo de retirarnos. Llené sus cubetitas de agua del mar, les enjuagué sus piernitas y manitas mientras ellas de nuevo se sometían a las cadenas de la arena. Se había terminado. Me despedí del mar, y ella, traicionera me aventó una de sus gran olas. Toma, me dijo. Gracias.

Recogimos todo. Las toallas, comida, el cooler, refrescos, cambios de ropa, pañales, sillas que se doblan, libros, tanning lotion y las dos niñas pequeñas. Esta vez ibamos de regreso. De regreso a casa.

De repente me llenó una desagradable sensación de sobriedad.

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