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De la esquina se podía ver que batallaba con sus zapatillas. Unas zapatillas blancas, de tacón chico y tirantes que se detenían de su tobillo. Dobló su cuerpo para darle oportunidad a su cabeza de ver el problema. Chin. El tacón ya se encontraba flojo.

Se inderezó de nuevo, sacudió su falda, su camisa y lanzó su cabellera a sus espaldas. Tenía la sensación de correr tarde, sin tener donde ir. El sol le humedecía la camisa, ensanwichando su camisa con su piel. La frente reflejaba el brillo de su sudor.

Liliana pausó un momento. La señora que venía caminando de tras de ella se trompezó con sus piernas plantadas en la banqueta. La señora le murmuró algo indesifrable de reojo y continuó con su caminata. Pero allí se quedó Liliana, pensativa y paralisada. Por un momento se le había olvidado lo que tenía planeado hacer. Después de titubear por unos segundos más se dió la media vuelta y regresó a su apartamento. Dejó caer su bolsa, aventó las zapatillas en una esquina y empezó a escribir su historia. Al fin, el gran desahogo.

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