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Sigo buscando entre los gabinetes del ayer.

Tengo ganas de llorar. No logro encontrar nada. Se me travan las lágrimas en la garganta, entre porquería y media que acaba de comer. Mi estomago se me enrevuelve. Un mal estar ya muy común. La bola asquerosa crece en mi garganta. No logro encontrar nada. Nada.

Entre los esfuerzos impotentes logro levantar fotografías de los pisos de mi memoria. No las encuentro organizadas en mis gabinetes de memoria. Las encuentro en el suelo, de tras de mi escritorio, travados entre los cajones de los gabinetes. Fotografías tuyas. Sonrisas tiernas, tristes, alegres, amargas. Pero solamente son fotografías. Nada de diálogo. Sólo silencio.

Me entra una sensación de culpabilidad. Me penetra muy adentro. En mis entrañas, mis muslos, mi pecho.

Sólo logro ver pedacitos. Como si los ratones se comieran los restos de la cinta. Como los archivos viejos. Archivos que fueron descuidados. Nadie pensó que alguien se interesara en ellos en el futuro. Cartas perdidas. Documentos olvidados. ¿Quemados?

Tus jeans, en ese entonces unas cuantas tallas más grandes que los de hoy, lucían entallados. Tus piernas se tocaban al caminar, como un saludo maternal. Tus camisas demostraba tu piel alcochonando tu marco. Te veo allí, sentada, platicando. Creo que discutias algun tema. Siempre te habian gustado los argumentos! Discutías, apasionadamente sobre el derecho de la mujer, los derechos de los estudiantes, el orden social. (¿Y los tuyos?) Discutías. Platicábamos sobre libros que compartíamos. Leíamos en silencio, sólo por un par de minutos por que las niñas no nos permitían más. Pero todo eso era suficiente.

Recuerdo cuando yo me las jugaba de fotógrafa. Tú, encantada te prestabas. Recuerdo haberte pedido que lucieras un vestido negro, un cocktail dress. El vestido sin tirantes no llegaba a tus rodías. Te peiné. Un look de los 20’s. Coloqué tu cabeza para que la fotografía captara los angulos encantadores de tu cara. En tu mano izquierda, una copa vacía. La mano derecha, algo alzada, intentaba demostrar delicadeza. Tus pies, como de muñeca de trapo, dependían del apoyo de la vitrina para sostener tu cuerpo. Y, “One more” te decía. Y tú seguías tu pose. La fotografía era en blanco y negro. Creo que unas de mis mejores. Tardamos dos horas en tu vestuario y cinco minutos con la fotografía. Recuerdo nuestra satisfacción al recibirlas de la farmacia. Lucías hermosa.

Como siempre.

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