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Recuerdo cuando tú eras tú.

Ahora te veo y no reconozco tu expresión. Lamento la evolución.

Recuerdo cuando tu pelo brillaba, largo, castaño. Cuando tu sonrisa era legítima y contagiosa. Tus ojos grandes, almendrados, despiertos. Cuando tu voz era constante y soñadora. Cuendo todo era esperanza.

Los problemas siempre te han seguido. Como si por invitación llegaban a tu casa. Invitados diariamente puntuales. Y tú, bondadosa, los recibías con los brazos abiertos. Los entretenías en tu cocina, tu sala, hasta en tu cama. Pero cuando realizabas que tus invitados no se iban, ni daban señales de quererse retirar, los acomodabas y los ponías a dormir. Debajo de tu sofá, de bajo del refrigerador, de bajo de tu cama, en tu tocador, en los gabinetes, hasta en tu auto. Los invitados problemáticos eran tan frecuentes, que empezaron a habitar en tus cesos, tus prendas, tus huesos, tu hablar, tus entrañas y tu psiquis. Se convertieron en un teñido pálido, en un rostro cansado, un look de fiestera, un ego vencido, un peinado moderno, y un  marco fragil, sin estructura.

 Recuerdo cuando tú eras tú.

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